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Sobre los estándares de calidad en la educación virtual

  • Foto del escritor: Wilson Landazuri
    Wilson Landazuri
  • 17 sept 2020
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 15 may 2021



El estudio de la calidad en los programas de educación virtual implica grandes retos tanto a investigadores, como a profesores y gestores de dichos programas, debido a las dificultades para entender las múltiples variables involucradas en definir, promover y administrar la calidad educativa.

La capacitación de directivos, es un escenario de reflexión sobre la forma de entender la calidad educativa, en general, y la calidad educativa en programas de educación virtual, en lo particular.

En necesario apoyarse en aplicaciones educativas tecnológicas para planificar, gestionar y evaluar estándares de calidad, como un medio que en ocasiones se emplea para promover la calidad educativa.


​Los expertos en la calidad acostumbran decir que algo puede mejorar solamente si puede ser medido, y algo puede ser medido solamente si hay estándares contra los que uno pueda comparar el proceso o el producto que se está generando (Cantón, 2000;

Llórens y Fuentes, 2000; y Sallis, 1993).


La educación, entendida como servicio educativo, puede ser vista (dentro de los paradigmas de las teorías de calidad) desde dos perspectivas: procesos y productos. Desde luego, se entiende que una institución educativa no es una fábrica de autos o de

refrescos embotellados, y que ver a los alumnos egresados como meros "productos" le hace poco favor a lo que una institución educativa debe ser dentro del contexto social. Tal vez por ello, cuando se quiere hablar de calidad en los ambientes educativos,

se le pone más énfasis a los procesos, que a los productos.


El viejo adagio de que "la calidad no se controla, ¡se hace!" sirve bien para hablar de la calidad en los procesos. En realidad, no hay nada de malo con controlar la calidad, ya que una evaluación de la misma es una forma de control a fin de cuentas. Más bien, la frase anterior pretende destacar la importancia de identificar aquellos factores de nuestro diario quehacer que son claves para el servicio ofrecido y establecer los estándares mínimos que garanticen la calidad de nuestro actuar.


Pero... ¿cómo definir calidad de nuestro actuar? Ante la gran heterogeneidad de cursos que existe, ¿qué problemas se observan como supuestas "malas prácticas" y qué constituye, en contraposición, una "buena práctica"?


Consideremos algunas situaciones.


Como primer ejemplo, se tienen los casos en que el diseño de un curso de educación a distancia se centra más en aquello que el profesor tiene que hacer, y no en lo que los alumnos deben hacer para aprender ciertos contenidos. Esto normalmente sucede con

aquellos profesores que provienen de sistemas presenciales y que tratan de reproducir mucho de lo que es su experiencia pasada en esta nueva modalidad educativa. En general, en educación a distancia se recomienda que el diseño de un curso llegue a precisar qué es exactamente lo que los alumnos deberán hacer en el mismo, más que señalar las actividades que le corresponden al docente. En este caso, puede intuirse ya la aparición de un posible estándar de calidad.


Otro problema que llega a ocurrir es el de iniciar un curso de educación a distancia sin tener concluido el diseño completo del mismo. En sistemas presenciales, es frecuente que los profesores vayan diseñando el curso conforme avanza el período escolar. Si un

profesor se atrasa en una clase, o si un tema requiere mayor explicación, siempre hay formas de compensar el tiempo perdido. En educación a distancia, el no tener claro el diseño total del curso puede resultar problemático, ya que el hacer aclaraciones a un grupo numeroso de alumnos puede llevar mucho tiempo. Esto no implica que un

diseño deba ser inflexible, pero sí que muchos problemas se pueden evitar cuando el curso cuenta, desde un principio, con un diseño claro de todo lo que hay que hacer.


Cuando se entiende que un curso debe estar centrado en lo que el alumno debe hacer, otro riesgo que ahora se corre es el de realizar diseños saturados de actividades de aprendizaje (una especie de "activitis"). Cuando uno tiene que atender grupos

relativamente grandes (como ocurre con frecuencia en la educación a distancia), uno debe ser cuidadoso de no "ponerse la soga al cuello" al asignar un enorme número de actividades que, en su momento, serán difíciles de supervisar y evaluar. Un número razonable de actividades, bien pensadas, es una buena recomendación a seguir. Para fines de definir estándares de calidad, una pregunta que deben hacerse las instituciones educativas es: ¿qué constituye un número razonable de actividades?.


Por otra parte, el diseño de actividades de aprendizaje requiere de mucha creatividad por parte del diseñador ya que la clave del aprendizaje de los alumnos está en las actividades que ellos realizarán.


Un problema que se observa con frecuencia en el diseño de cursos es el de asignar a los alumnos la realización de un buen número de ensayos sobre un

conjunto de temas. El problema con esto es que, con los avances en las tecnologías de la información, cada vez es más fácil elaborar esos ensayos mediante simples procesos de "copy" y "paste" de un buen número de páginas Web, sin que el profesor pueda

darse cuenta de que esto está ocurriendo (a menos que cuente con software especializado para detección de plagios). En la medida en que las actividades de aprendizaje sean retadoras y hagan que los alumnos tengan que pensar sobre cómo realizarlas (y no pensar de dónde podrán copiarlas), se estará diseñando un curso de calidad.


En general, uno de los aspectos más importantes en un curso a distancia es el que se refiere a la claridad y coherencia de cada uno de sus apartados. Cuando las instrucciones son deficientes, generan que pronto el profesor tenga inundado su correo electrónico con dudas sobre cómo hacer "x" o "y" actividad. Entre más explícito uno sea al momento de diseñar e impartir un curso, se le da certidumbre al alumno sobre lo que

tiene que hacer y se evita gastar tiempo en aclaraciones posteriores.


Como se aprecia en los puntos anteriores, un curso a distancia requiere mucho cuidado y dedicación. Y la evaluación de la calidad del curso, ¡también! Muchas veces se evalúa un curso mediante simples listas de cotejo (checklists), en las que se verifica si un curso tiene o no ciertas componentes. Una buena evaluación debe irse a revisar al curso a mayor profundidad. Idealmente, un curso a distancia implica el cuidar que cada uno de sus elementos (o factores) sea realizado con cierta calidad. Para ello, es necesario, primeramente, identificar todos los factores del proceso de diseño e impartición del curso; y, posteriormente, precisar los indicado res o características que serán consideradas como requisito de calidad. Cada indicador puede ser definido operacionalmente y ciertos estándares de calidad pueden ser establecidos de acuerdo con los niveles de exigencia de la institución para los cursos que ofrece

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